martes, 29 de marzo de 2011

Los vecinos de Badajoz, imputados en la prensa de 1811.

Los vecinos de Badajoz, imputados en la prensa de 1811.

Autor: Jacinto J. Marabel Matos.

Los diarios de 1811 se sirvieron de la libertad de prensa, instaurada por las Cortes de Cádiz, para acusar ferozmente de cobardía y vileza a los oficiales que promovieron la entrega de Badajoz a los franceses. Incomprensiblemente, la plaza capitulaba ante un enemigo igual o menor en número, abastecida con munición y víveres suficientes para resistir el auxilio de las tropas que, como telegráficamente se había comunicado desde Elvas, llegarían en apenas unos días.

Sin duda, la brecha abierta en la cortina del baluarte de Santiago inclinó el peso de esta decisión, votada de forma mayoritaria por la Junta de Jefes reunida a la sazón, en tanto resultaba accesible al enemigo. Pero lo cierto es que, huérfanos de un caudillaje carismático, en el sentido weberiano del término, tras la muerte de Menacho, la ciudad fue rendida con descarado cinismo por su timorato gobernador, José Imaz Atolaguirre, según las estipulaciones que previamente había negociado el coronel Rafael Horé. Ambos fueron imputados en un proceso para esclarecer las causas de la capitulación que se dilató interesadamente. Así, la comisión de investigación promovida por el luego adalid carlista Zumalacárregui, sobrino de Imaz, relegó al olvido la instrucción del voluminoso expediente para cuyo estudio, según el fiscal togado militar, se necesitaban meses, pese a que los diputados extremeños y algunos periódicos, intimaran su pronta resolución.

La prensa de aquelos años, como El Semanario Patriótico, aventuró que la causa sería olvidada “o concluida en el modo y forma más a propósito para no influir en el espíritu público”; el Conde de Toreno, en su Historia del Levantamiento: Guerra y Revolución de España, escribió que el proceso siguió “caminando y terminándose al son de tantos otros de la misma clase” y El Heraldo Militar, cien años más tarde, cuenta cómo, después de mucho tiempo, los principales responsables fueron absueltos “por contar con numerosas influencias y altos valedores“, apostillando que “semejantes sentencias desacreditan a los que las dan, sin rehabilitar en el concepto de los hombres de honor a aquellos en quienes recaen”. Menos comedido resultó el jacobino El Robespierre Español, que se estrenó con directas acusaciones de traición, a las que replicó uno de los aludidos, el mencionado Rafael Horé mediante aviso publicado en el Redactor General (n 53), para recriminar de forma infame la tibieza del pueblo de Badajoz en la caída de su ciudad, cuya indolencia y estorbo también evidenció en otro encedido escrito Julián Albo, el comandante jefe de ingenieros que con más vehemencia argumentó la rendición.

A los pocos días La Gaceta de Extremadura salió al quite de las falacias, documentando posteriormente algunos diputados extremeños con voto en Cortes, las refutaciones a tan abyectas delaciones en un pormenorizado informe que acreditaba las aportaciones de los vecinos de Badajoz, que no pasaban de tres mil durante el sitio y pedían por las casas vino, aguardiente, cecina y otros comestibles para la guarnición, mientras las mujeres formaban y cocían grandes ranchos a su costa, llevándolos a los cuerpos de guardia y las baterías; se gratificaba de forma espléndida a los soldados distinguidos en la defensa; se ofrecieron capas para la tropa, sábanas y colchones para los heridos, ropas y utensilios para el servicio del hospital y lanas para las fortificaciones. Encomiables labores en las que se empeñaron los badajocenses de forma generosa, en tanto les iba la vida en ellos, como se puede comprender.

Así, los naturales del lugar se destacaron en abrir zanjas, formar espaldones y reforzar las murallas, regadas con la sangre de las patrullas que muchos de ellos mismos integraron valientemente. Cuentan que les infundían tan poco miedo las bombas y las granadas que, después de los primeros días, silbaban y canturreaban al verlas venir e incluso las mujeres salían a divertirse sorteándolas. Ni los agoreros pronósticos que ofrecían algunos oficiales a requerimiento de los mismos, pudo abatir su ánimo en tan decidida empresa, arrojándose al enemigo en alguna ocasión hasta el empedrado de las calles, de manera que el mismo Soult intimó que cesara el pedrisco, contrario a las leyes de guerra. De todo ello se deduce que si, como señalaron los propios diputados extremeños, no se hubiese “sido tan dócil y amigo del orden, o menos contenido por la superioridad de la guarnición, hubieran podido los vecinos de Badajoz seguir sus propios impulsos…Habría entonces este pueblo recordado cómo se defienden las brechas y se rechazan los asaltos, recordando lo que hicieron solos en 1640 y 1702.

Aclarada la conducta de los badajocenses, Horé enmendó de forma un tanto tibia en el mismo Redactor General, sus incriminaciones, continuándose la causa en sede parlamentaria conforme a sus insondables y nunca resueltos términos, como quedó dicho, por lo que de todo esto se concluye que, si bien la Historia, como escribió Román Gómez Villafranca, “no adulará al paisanaje de Badajoz, diciendo que hizo proezas durante el sitio de 1811…cotejando conductas con conductas, fuerza es reconocer que la del pueblo nada tiene de indigna y sí más bien mucho de generosa y no poco de levantada, mientras peca de mezquina la de aquellos que debieron defenderla con ahíncado empeño, pero no quisieron llegar siquiera al límite que les marcaba la obligación.”.


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