jueves, 10 de marzo de 2011

Día 10 de Marzo de 1811

Diario de los atacantes

El 10, al venir el día, el revestimiento y el parapeto de la cortina, en una longitud de 25 a 30 mts, estaba enteramente destrozado, y la brecha parecía ya rigurosamente practicable; continuó el fuego con vivacidad, y a las nueve era la brecha tan extensa y tan accesible como se podía desear. Por otro lado, el bombardeo había destrozado la muralla, y la extrema disminución del fuego de las baterías del frente de ataque, anunciaba una gran depresión moral en la plaza; se conocía por una especie de inercia en la que había caído la guarnición.

En tal estado de cosas, el general en jefe hizo suspender el fuego de los asaltantes, y decidió realizar una tentativa cerca del nuevo gobernador, el general Imaz, para decidirle a capitular, antes de sostener un asalto que no podía por menos de costar mucha sangre a los dos bandos.

En este momento, el mariscal (Mortier) le envió un parlamentario para intimar la rendición de la plaza, prometiendo aceptar las condiciones más honorables que fuera posible acordar, y felicitándole, al mismo tiempo, por su admirable y larga resistencia.

El gobernador, después de haber oído el parecer de la Junta, reconoció la necesidad de capitular para salvar la ciudad del saqueo que estaba amenazada. En efecto, había llegado al término de una defensa que no podía prolongarse, sin exponer a la población de Badajoz a los mayores desprecios y la guarnición a ser pasada por las armas, después de haber sido tomada por asalto; pero sometiéndose al imperio de las circunstancias, el general Imaz rehusaba las condiciones dictadas por el mariscal, de modo que la mañana se pasó en pour-parlers, y sin resultado alguno.

Sin embargo, el general en jefe tenía razones de consideración para hacerse dueño de la plaza lo más pronto posible. Como ya hemos dicho, los ingleses estaban a punto de llegar; un despacho telegráfico de lord Wellington había informado al gobernador que el príncipe d’Essling (Massena) había iniciado su retirada, y que la plaza sería prontamente socorrida. No era posible, pues, perder el tiempo en negociaciones; todo retraso hubiese sido una falta; el mariscal era demasiado hábil para diferir un momento, y las órdenes fueron dadas para realizar el asalto a las cuatro de la tarde.

En espera de ello el ejército tomó las armas; cada división se puso en orden de batalla formada con banderas; el servicio de trincheras fue organizado como de costumbre, pero los trabajos y el fuego de nuestras baterías quedaron en suspenso, a causa de la intimación hecha al gobernador.

A la una, el general Pepin, que venía de recibir el mando de las tropas destinadas al asalto, llegó a la paralela; por la mañana había sido precedido por dos batallones de fusileros, ocho compañías de granaderos y cazadores y cien soldados de ingenieros, dirigidos por el jefe de batallón Lamare, los capitanes Lefaivre y Coste, los tenientes Fortin y Lessard, así como por los jefes respectivos de cada cuerpo de línea de ataque.

Estas columnas avanzaron por los zig-zags delante de la segunda paralela, y hasta el foso y la media luna, esperando con noble entusiasmo la señal de la última y más arriesgada de todas las operaciones de sitio.

Al mismo tiempo, otros destacamentos de infantería, precedidos igualmente de zapadores pertrechados de escalas, a la cabeza de los cuales marchaban los capitanes Andonaud y Martín, los tenientes Marcelot y Muller, se establecieron en el ramal de la batería (F) y cerca de la confluencia del Rivillas y del Calamón, de donde ellos debían dirigirse, los unos al saliente del baluarte 1 (San Vicente) y a la Puerta de Palmas, y los otros, a la gola de la luneta 13, (Picuriña), a fin de llamar la atención de los sitiados sobre estos puntos y aprovechar todas las circunstancias favorables para escalar las murallas mientras que en el asalto se daba en la brecha.

Entre tanto, el general en jefe (Soult) y el duque de Trèvise (Mortier) vinieron a la trinchera para asegurarse de las disposiciones que habían dado quedaban cumplidas; su presencia excitó a todos a la emulación; gritos de alegría, presagio de la victoria, salieron de todas partes, llevando el temor hasta la Junta de Defensa de la plaza.

En fin, todo estaba dispuesto; no se esperaba más que la señal del asalto, cuando hacia las tres de la tarde se anunció que la plaza había capitulado, a consecuencia de la audacia de una parte y del terror de la otra.

El duque de Trèvise dio la orden al general Pepin de ocupar en seguida la Puerta de la Trinidad, el fuerte de San Cristóbal y la cabeza de puente por tres compañías de élite del 103º regimiento. Esta jornada dio por concluida una lucha sangrienta, en la que los franceses y españoles se distinguieron por rasgos muy señalados de valor y de sacrificio, memorable en los fastos militares.

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