miércoles, 13 de junio de 2012

La Plaza de la Concordia


Publicado en Diario HOY, 29 de mayo de 2012. 
 LA PLAZA DE LA CONCORDIA 
Jacinto J. Marabel Matos 

Se ha escrito mucho estos días sobre los actos del Bicentenario del Sitio de Badajoz, cuya cortina descendió, quizás por última vez, con motivo de la inauguración del monolito conmemorativo por el Presidente del Gobierno de Extremadura y, aunque la polémica trató de deslucir el acto, lo cierto es que la ciudad ya tiene su Plaza de la Concordia, cumpliendo en este homenaje con la memoria de las víctimas de la Guerra de la Independencia. Con todas sin distinción. 

Intuyo que el cincel del artista, antes por razones estético-formales que por desgana presupuestaria, sólo incorporara cuatro nacionalidades en el monumento. Sin duda así también lo entendió el público presente cuando descubrió reconfortado que la obra aludía a los ejércitos ingleses, franceses, portugueses y españoles, puesto que los badajocenses reconocen la implícita mención que, grabada en piedra, incluye entre otros los huesos de aquellos alemanes del Regimiento de Hesse Darmstadt sepultados aún en la alcazaba que defendieron, el valor de italianos que como Federico Moretti rescataron un ejército y levantaron vastos territorios contra el opresor, o la ingenuidad del bisoño Francis Simco, el canadiense que derramó para siempre su sangre en la brecha del Baluarte de la Trinidad. Por supuesto, comprendieron que está dedicado a todos los españoles que sufrieron aquella contienda: fernandistas y josefinos, presumo. 

Sin embargo, no escuché una palabra sobre nuestro paisano, el capitán de artillería Manuel Fariñas, cuya memoria quiso ser borrada de los anales de la Historia por aquellos fanáticos que con igual intensidad ensalzaron la figura de Fernando VII y la aborrecieron cuando ninguneó sin contemplaciones la magna obra de las Cortes gaditanas. Tuvo que ser un francés, Émile Labretonnière, el que, prendado de las aventuras que le contaron dos veteranos húsares del famoso Sitio y pese a que nunca llegó a pisar las calles de Badajoz, rescatara del olvido la memoria del Capitán Fariñas, dotándola de épica y cierto halo de romanticismo. Escribió sobre el valor, la amistad, el amor, la traición y el torbellino de locura que envolvió durante aquellos días la ciudad, en un folletín que fue publicado en Le Courrier de La Rochelle durante catorce entregas. El éxito fue tal que lo dio a la imprenta en 1854 con el título de “El capitán Fariñas. Episodio del Sitio de Badajoz”, vinculando así para siempre ambos nombres en la primera ficción novelada sobre nuestra ciudad. Un francés que la amó pese a no conocerla. 

Hubo otros españoles que también defendieron, tras estos muros, los principios revolucionarios de igualdad y libertad que luego esgrimieron los constituyentes frente al realismo absolutista, pero cometieron el delito de apoyar la dinastía napoleónica, extraña a la tradición patria, como antes lo fueron Austrias y Borbones. Por esta razón y tras la cruenta orgía que precedió la entrada de Wellington en la ciudad, aquel destacamento de españoles juramentados fue fusilado el 18 de abril de 1812, mientras que el resto la guarnición, compuesta por franceses y alemanes, fue conducida prisionera, de conformidad con el arte de la guerra, hacia los fríos pontones de Inglaterra, de donde escapó en gran parte. 

Coincidiendo con el bicentenario de esta última fecha, apenas tres días antes de que fuera desvelado el obelisco, descubrí junto al mismo unas humildes flores que algún ciudadano había consagrado a estos mártires del fanatismo, rebautizando con tan significado acto el sentido de la propia obra. Con esta anónima lección quedó superada, al menos para mí, cualquier controversia excluyente sobre las víctimas de aquella Guerra Civil, tan parecida a la última, recordando en aquel instante las palabras que hace más de ciento cincuenta años legó Labretonnière, el francés enamorado de Badajoz, justificando el libro que dedicó al Capitán Fariñas: “el ejemplo de estos valientes soldados, que compraron la nueva civilización en los campos de batalla y conquistaron la paz, debe servir para olvidar el odio acumulado… por encima del coste de sangre y lágrimas en el que la humanidad se vio envuelta durante tan largo período de tiempo”

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